Viernes, Julio 28, 2017
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La mula fiel compañera de los caficultores Colombianos

En su lomo carga la historia del esfuerzo y la tenacidad con que se construyó este país. Aún sigue siendo importante para el agro.

La mula está enraizada en la profunda memoria de las regiones. Durante varios siglos contribuyó a la integración de aldeas y pueblos y a desarrollar el tejido de las relaciones económicas y culturales. Ha estado presente en todo el movimiento comercial dinamizado por el proceso de colonización antioqueña que, a partir de la economía cafetera, creó un mercado interno uniendo fincas, posadas, fondas, caminos, ríos, pueblos, centros de acopio, trilladoras, estaciones del tren, puertos y ciudades.

Durante todo el siglo XIX, y buena parte del XX, los comerciantes y los empresarios encontraron en la arriería la base para las transacciones: recuas que transportaban alimentos, mercancías y maquinarias por toda la telaraña de caminos. Pero la mula es el animal más cotizado en la arriería, con mucha ventaja sobre el caballo, el burro, la yegua y el buey. Además, para los caminos difíciles, especialmente en invierno, los viajeros preferían la seguridad que ofrecía la mula.

Pero no ha perdido vigencia. Todavía la vemos acompañando a los campesinos por fincas y veredas transportando carga para el mercado o viajeros para fondas y pueblos. Desaparecieron las grandes muladas y recuas, pero seguimos escuchando los cascos de la altiva y maliciosa mula pisando firme por la arrugada geografía colombiana.

Si bien las especializadas en mover mineral y oro fueron comunes durante el siglo XVII, el verdadero auge data de 1820 con la independencia. Colonización, caminos, fundación de colonias y recuas hacen parte del mismo movimiento social y económico.

El auge de las muladas coincidió con las guerras civiles. En esta época los ejércitos en contienda miraban con entusiasmo las recuas que se movían por los caminos para expropiarlas en caso de pertenecer al partido político contrario.

La arriería se consolidó en muchas regiones del país cuando se fue imponiendo la economía cafetera, hacia 1900. Este año significó un nuevo auge de las mulas. La arriería fue importante no sólo por el papel en el mercado interno y en la integración del país, sino en el proceso de acumulación de capital porque, además de haber contribuido a amasar grandes fortunas, permitió el ascenso social de personas que, con dos o tres mulas, quedaron con buen dinero que dejaba el acarreo de la mercancía.

Un buen arriero debía cuidar la mulada, el oficio no se improvisaba, se dominaba en un proceso que duraba varios años. A la mula había que mimarla. Por la mañana, desde las 5, se les daba cuido, caña y salvado con melaza; no podía faltar aguamiel preparada con panela machacada.

En caso de que el animal tuviera mataduras o peladuras, se trataba con cebo y con cal hasta que sanara. Era muy común el tratamiento con ‘heridol’. Los bultos se protegían con una lona gruesa llamada encerado para resistir los intensos aguaceros. La carga pesada o especial se transportaba en angarilla, que es un soporte de madera en V muy práctico para transportar caña.

Era un agradable espectáculo para los campesinos dejar las labores cotidianas y observar las lentas y aperezadas recuas, dirigidas por el tilín-tilín de la mula campanera, con el sangrero, el caporal y los arrieros distribuidos a lo largo de la caravana, pendientes de los pasos malos y estrechos del camino, de la carga que no se ladeara y de las otras recuas que venían en sentido contrario.

Las mulas más consentidas tenían algo de la personalidad de los arrieros; la campanera y algunas preferidas llevaban letreros bordados en la frentera: ‘Adiós mi vida’, ‘Dios me guía’, ‘Adiós mi amor’. Alguna portaba un espejito en medio de la frentera para que los arrieros se acicalaran antes de llegar a la fonda.

Cuando el siglo XX empezó a meterse por toda la geografía fueron apareciendo nuevas formas de transporte. Por el desarrollo económico y social de las regiones surgieron el ferrocarril, los cables aéreos y las carreteras, por lo tanto, las recuas se convirtieron en alimentadoras de estos sistemas modernos y lentamente fueron quedando arrinconadas.

De este modo, a mediados del siglo XX, las nuevas vías de comunicación, impulsadas por la economía cafetera, la agricultura moderna y la industria, fueron estrechando la arriería y las mulas quedaron reducidas a transportar café, caña, papa y panela, de las fincas a las veredas, al pueblo o a la carretera y en jornadas cortas.

La mula disminuyó su participación en la economía nacional, pero “no ha pasado de moda”, sigue siendo un símbolo y una realidad. Se puede afirmar que hoy “es de mejor familia”.

• Historiador / Universidad de Caldas

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