viernes, octubre 20, 2017
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El primer café del mundo atendido por víctimas de ataques con ácido

Por Salma Haidrani

A primera vista, Sheroes Hangout podría ser cualquier otro café del Taj Mahal, en la India: sirve té chai y papas fritas, cuenta con wi-fi gratis y atrae visitantes de todas las partes del mundo. Sin embargo, este lugar, que en promedio atiende 80 clientes por día, tiene una particularidad muy significativa: es un espacio para incluir a las mujeres víctimas de ataques con ácido.

La iniciativa, que es la primera de su clase, abrió sus puertas en 2015 con la intención de contribuir a que estas sobrevivientes puedan reincorporarse a la sociedad, como explicó Atul Kumar, ingeniero mecánico y gerente de Sheroes Hangout. El café nació a raíz de la campaña Stop Acid Attacks (No más ataques con ácido) y recibe apoyo de la ONG Fundación Chhanv.

La violencia de género en la India no es un tema menor. Según la Oficina Nacional de Registros Delictivos, una mujer es violada cada 16 minutos y cada 4,4 minutos hay una denuncia por violencia doméstica. En cuanto a los ataques con ácido, la fundación Acid Survivors International registró 1.000 casos por año. Sin embargo, la cifra podría ser mayor si se tiene en cuenta que muchas mujeres no denuncian por vergüenza o por miedo.

Vishal Manve, estudiante de derecho y feminista residente en Mumbai, explicó que la mayoría de agresiones con ácido encuentran su origen en el rechazo de los hombres a los avances de las mujeres. “Cuando les arrebatan la sensación de propiedad o derecho sobre ellas, los hombres tienden a atacar”, sostuvo.

El jardín de Sheroes Hangout, ubicado cerca del Taj Mahal, en Agra.

Muchas de las sobrevivientes con las que hablé, aseguran que no es extraño sentirse obligadas por la sociedad a desaparecer, porque se asume que ellas mismas provocaron los ataques. Tal y como escribe Laxmi Saa, víctima de una de estas agresiones: “aprendí a vivir con el dolor físico, pero lo que más me dolió fue el modo en que reaccionó la sociedad. Mis propios familiares dejaron de verme, y mis amigos también. No salí de mi casa en ocho años”.

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Si a esto le sumamos las escasas —por no decir inexistentes— oportunidades de trabajo, no es extraño que la única opción sea el aislamiento. Lakshmi, que fue atacada a los 15 años luego de rechazar la propuesta de matrimonio de un hombre de 32 años, está de acuerdo. “Intenté conseguir un empleo, pero nadie estaba dispuesto a contratarme. Algunos me decían: ‘la gente se asustará cuando te vea’ y otros decían que me llamarían, pero el teléfono nunca sonó. Nadie quiere contratar a las víctimas de ataques con ácido por nuestro aspecto”. Lakshmi trabajó en la cafetería hasta finales del año pasado.
Este contexto explica por qué Sheroes Hangout encontró cierta oposición al principio. La respuesta sin duda “no fue neutral o positiva hacia las sobrevivientes”, explicó Kumar. En la India las víctimas son relegadas a los márgenes de la sociedad, mientras que sus atacantes escapan al estigma o al castigo. De ahí que el café Sheroes sea el espacio donde las cinco mujeres que trabajan allí recuperen su visibilidad.

Los roles asignados a estas supervivientes están diseñados para darles la oportunidad de interactuar con los clientes. Les ofrecen poco margen para ocultarse del público. Neetu, una aspirante a chef de 24 años que quedó ciega después de que su propio padre le arrojara ácido a la cara, ofrece café junto a su madre, que también fue víctima de estos ataques.

Dolly tiene 16 años y es otra de estas ‘heroínas’ -el significado de ‘Sheroes’ en inglés- y se encarga de la biblioteca. Fue atacada cuando tenía 12 años, tras rechazar las insinuaciones de un hombre de 25. Rupa de 24, diseña vestidos que se muestran en el café, después de que casi muere por las lesiones que le provocó su madrastra al arrojarle ácido cuando dormía, . Ritu, de 20 años, lleva las cuentas del local.

Ritu lleva las cuentas del Sheroes Hangout.

Sheroes ha sido clave en el proceso de restablecer su confianza: las mujeres se muestran cómodas entre los clientes y totalmente despreocupadas mientras se toman selfies y charlan entre ellas. Muy lejos quedan ya los días en que no podían reunir las fuerzas necesarias para atravesar el umbral de su casa.

El café se opone al convencionalismo que obliga a las mujeres a cubrir sus rostros desfigurados con un velo. Por eso, Sheroes implica un poderoso símbolo que cambia el discurso de que las sobrevivientes son víctimas. En palabras de Dolly: “Tú quemaste mi rostro, pero no mis ganas de vivir. No puedes arrojar ácido sobre eso”.

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Quizá lo que tiene incluso más mérito es que estas mujeres han desafiado —e incluso obligado— a la sociedad india a replantearse la idea moderna de belleza. Cuando ellas pierden su atractivo, la sociedad considera que su existencia ya no tiene sentido, porque el aspecto físico es incluso una herramienta de regateo en los matrimonios concertados.

Annie Zaidi, autora de The Good Indian Girl (“La buena chica india”), explicó que no espera que la situación cambie a corto plazo. “Sin duda creo que la gente sabrá ver más allá de su piel y que es posible que haya un cambio de actitud, pero no creo que vaya a ser una tarea fácil”.

Eso es exactamente lo que los ataques con ácido buscan: al arrebatarles a las mujeres su supuesto bien  más preciado, también las despojan de la oportunidad de encontrar el amor. Cuando las supervivientes se han casado o, como en el caso de Laxmi Saa, han sido madres, no solo desafían la intención de sus agresores sino que demuestran que la belleza va más allá del físico.

Rashi Jauhri, activista a favor de los derechos humanos residente en Nueva Delhi, está totalmente de acuerdo: “puedes quemar su piel, pero no puedes quemar su alma. Son auténticas guerreras”.

Aunque las mujeres han logrado algo que en su día fue inconcebible —la reinserción en la sociedad india—, la batalla no está completamente ganada.

Las supervivientes de los ataques con ácido luchan por reinsertarse en la sociedad india.

¿El gobierno está haciendo lo suficiente para atajar el alarmante crecimiento de la violencia con ácido, o al menos para propiciar un diálogo abierto sobre ello? Kumar insiste en que sí, a pesar de que el más grande logro en términos política se deba a la campaña Stop Acid Attacks: en julio de 2013, el Tribunal Supremo reguló por fin la venta al por mayor de ácido. Cuando el ácido es tan barato y de fácil acceso como la leche, se trata de un paso que merece la pena celebrar.

En marzo de 2015, Akhilesh Yadav, jefe de gobierno de Uttar Pradesh, describió los ataques con ácido contra las mujeres como “una mancha en la sociedad civilizada”. Desde entonces, ha conseguido financiación para los gastos médicos (equivalentes a unos 5.200 euros) de 51 supervivientes.

Pero, ¿va la intención de Yadav más allá de la mera palabrería vacía? Después de todo, aparte de proporcionar asistencia financiera, no parece que se haya hecho mucho para prevenir la violencia con ácido. Este político dice que es responsabilidad de la gente prevenir estos incidentes, pero es muy preocupante que no parezca haber demasiada voluntad de aprobar una ley que disuada a los agresores potenciales y que encarcele a los victimarios.

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Por el contrario, en la vecina Bangladesh —anteriormente el país con mayor incidencia de ataques con ácido en el mundo— se ha hecho mucho para erradicar este problema. Según la asociación benéfica Acid Survivors Foundation, en los últimos años los casos de ataques experimentaron un desplome, desde los 496 que se registraron en 2002 a los 58 de 2014.

Mientras tanto, en Pakistán la violencia con ácido es reconocida como delito desde 2011. Cuando dos países con un historial escaso de violencia contra las mujeres han aprobado leyes para protegerlas, ¿por qué continúa entonces la India fallando a sus víctimas?

Todavía queda mucho que aprender, indicó Zaidi a Broadly: “No debería llevarnos tanto tiempo. Los ataques con ácido son solo un diminuto paso previo al asesinato premeditado. Si la intención que subyace tras un crimen significa algo a nivel legal, desde luego los castigos deberían ser mucho más duros”.

Entonces, el hecho de que Sheroes haya suscitado por sí solo la tan necesaria conciencia sobre el tema supone un triunfo incluso mayor. Además, tiene perspectivas de ampliar su campo de acción: el mes pasado abrió una nueva sucursal de Sheroes Hangout en Lucknow, la ciudad de los Nawabs. Y Kumar afirma que aún queda mucho por hacer.
Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, la plataforma dedicada a las mujeres de VICE.

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